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Personalidad Tipo A

| 30/7/07
Sanchez, R. (2006). Parte II del artículo: "El papel de la personalidad en los trastornos isquémicos-cardiovasculares" En Factores psicológicos y trastornos isquémicos cardiovasculares. Urquijo, S. (comp). Editorial UNMdP, Mar del Plata (en prensa).

En 1959 dos cardiólogos de San Francisco, Estados Unidos, Meyer Friedman y Ray Rosenman, en un intento por determinar cuales eran los rasgos de personalidad de personas que habían sido afectados por un infarto de miocardio, observaron la existencia de un intenso deseo de tener éxito y una competitividad elevada. Entonces, propusieron un conjunto de características de comportamiento para intentar describir la forma en la que estos pacientes se comportaban. A este conjunto de características lo denominaron “patrón de conductas tipo A” (PCTA) y se caracteriza, entre otras cosas, por:

- un esfuerzo intenso y mantenido hacia el logro de objetivos autoseleccionados y, por lo general, pobremente definidos;
- una elevada inclinación hacia la competitividad;
- el deseo de reconocimiento y prestigio;
- una baja tolerancia a la frustración;
- una constante implicación en diversas actividades que, generalmente, exceden la disponibilidad de tiempo del sujeto;
- impaciencia acentuada;
- una marcada tendencia a la respuesta hostil;
- un extraordinario nivel de alerta física y mental.

Los trastornos cardiovasculares se presentaron con una frecuencia siete veces mayor en este grupo comparado tanto con otro grupo conformado con sujetos con características opuestas (personalidad Tipo B) cuanto con otro grupo, que actuó como control, conformado por personas desempleadas, con ansiedad e inseguridad crónicas (personalidad tipo C).

Desde los trabajos pioneros de Friedman y Rosenman existe interés por el PCTA, interés que se incrementó después del Western Collaborative Group Study (Rosenman y otros 1975) que reportó que el PCTA se asoció con un aumento del doble en el riesgo de contraer TIC y de cinco veces de sufrir infarto de miocardio, después de un seguimiento de 8 años y medio. En este estudio, 257 participantes, de sexo masculino, de 39 a 59 años de edad, fueron seguidos por períodos de 8 o 9 años. El PCTA se relacionó fuertemente con la incidencia de TIC en esta población, y esta relación no se podría explicar por la asociación entre el patrón de conducta y ninguno de los factores tradicionales predictores de riesgo por sí solos ni por cualquier combinación de ellos. Según estos trabajos, el PCTA constituye un factor de riesgo independiente en el surgimiento y desarrollo de las TIC, tan significativo como los factores de riesgo biológicos.

Las personas con una personalidad Tipo A, en términos generales, privilegian en su vida la sobre implicación con su trabajo o profesión y esa sobre implicación se expresa en algunas o todas las características anteriormente citadas (esfuerzo intenso y mantenido hacia el logro de objetivos, elevada competitividad, etc.). Estas conductas se complementan con el descuido de otras áreas de su vida.
Al estudiar el PCTA desde una perspectiva psicológica, se debe atender a tres aspectos (del Pino, 1998): 1) las disposiciones personales permanentes, 2) los desafíos y demandas que emanan de los distintos ambientes en que viven las personas y 3) las conductas o reacciones actuales que se manifiestan cuando los desafíos o demandas activan las disposiciones existentes.

Las disposiciones permanentes, a su vez, pueden concebirse como más o menos consolidadas. En el primer caso se entendería que no necesitan de determinantes ambientales para manifestarse y que las personas con estas características actuarían regularmente conforme al estilo propio de los tipos A. En estos casos podríamos asimilarlas a rasgos de personalidad que se manifiestan, generalmente, con independencia de las situaciones que viven las personas. Si se conciben como menos consolidadas, serían asimilables a estilos de afrontamiento. Friedman y Rosenman, inicialmente, parecen concebirlas de forma más consolidada (Friedman y Rosenman, 1974). Posteriormente, Rosenman las concebiría, como un estilo de comportamiento que se muestra de forma regular en función, no sólo de determinantes personales, sino que precisa para su manifestación determinadas situaciones o contextos (del Pino, 1998).

Respecto a los desafíos y demandas que emanan de los distintos ambientes cabe señalar que los contextos que elicitan el PCTA no han sido precisados en detalle, son muy variados, y difíciles de determinar. Esto explicaría porque no se han tomado en consideración a la hora de evaluar y tratar el PCTA. De todas maneras, cabe destacarse que el patrón de conducta tipo A, es aceptado, cuando no estimulado, por el contexto social. Esto es, las personas con PCTA reciben validación social por su forma de ser. Rosenman, en particular, ha insistido en que el modo de vida occidental da lugar a un contexto especialmente elicitador del PCTA. De hecho, los estudios realizados con personas que no participan del estilo de vida occidental han mostrado una presencia menor del PCTA (del Pino, 1998).

En 1974, en una de sus últimas publicaciones en conjunto, Friedman y Rosenman definían el patrón de conducta Tipo A como un complejo acción-emoción que puede observarse en cualquier persona que está envuelta agresivamente en una lucha crónica, incesante, para conseguir cada vez más en menos tiempo, aún contra las fuerzas opuestas de otras cosas o personas, si es necesario. Los autores entendían que el Tipo A no es un trastorno psicológico sino una suerte de reacción que surge cuando ciertas características de personalidad de una persona se enfrentan a ciertos estímulos ambientales específicos.

Posteriormente, Rosenman y Friedman comenzarían a trabajar por separado adoptando posiciones en ciertos sentidos diferentes.

Rosenman (1990) mantuvo una concepción más fiel a la original del PCTA; lo define como un complejo acción-emoción que comprende:

a. disposiciones conductuales (como ambición, agresividad, competitividad o impaciencia),
b. conductas específicas (como tensión muscular, estado de alerta, o un ritmo de actividad acelerado) y
c. respuestas emocionales (como irritación, hostilidad o un elevado potencial para la ira).

Más recientemente, Rosenman (1996) sostuvo que una elevada ansiedad, profundamente arraigada y disimulada es, a menudo, el principal factor subyacente en la relación entre la enfermedad coronaria y el PCTA. Del mismo modo, considera que el estrés percibido puede tomarse como equivalente a la ansiedad.

Anteriormente, Friedman (1989) también había postulado la relación entre el PCTA y el estrés. Friedman y Booth-Kewley (1987) ya habían reportado hallazgos que indicaban que la ansiedad, la depresión, o ambos, se relacionan con los trastornos cardiovasculares, independientemente del PCTA, aunque sus efectos pueden sumarse a los de éste. Más recientemente, Williams y otros (2002) encontraron que la ansiedad rasgo se asociaba con un incremento en el riesgo de sufrir un infarto.

Entre los componentes del PCTA, Rosenman (1991) concede importancia a la competitividad. Esta actuaría como mediadora entre las conductas tipo A manifiestas y la ansiedad encubierta.

Por su parte, Friedman (1996) considera que el PCTA se caracteriza por dos componentes: encubiertos y manifiestos. Los componentes encubiertos, los cuales serían responsables del inicio y mantenimiento del PCTA, son una inseguridad intrínseca y/o una baja autoestima. Estas características tienen su origen en la temprana infancia y, previsiblemente, pueden activarse por la ausencia de expresión de afecto y admiración por parte de ambos padres, al menos desde la percepción de la persona que desarrollará este patrón de conducta. El principal componente manifiesto, observado con más frecuencia en las personas que presentan el PCTA, es el sentido de la urgencia del tiempo o impaciencia. La urgencia del tiempo, cuando es muy intensa, genera y mantiene un sentido crónico de irritación o exasperación. El segundo componente emocional manifiesto del PCTA es una hostilidad flotante. Esta designación está dando cuenta de una hostilidad ubicua en lo que hace a su aparición y trivial respecto a los incidentes que pueden evocarla.

Más allá de la cuestión de matices que mereció el PCTA por parte de distintos investigadores, por muchos años, la investigación cardiovascular se enfocó exclusivamente sobre este patrón de conducta y los avances en los tratamientos fueron minúsculos (Lesperance y Frasure-Smith, 1996). Si bien el PCTA siguió recibiendo atención en diversos estudios realizados en los últimos años que sostienen la asociación entre la personalidad tipo A y las enfermedades cardiovasculares (Kawachi y otros, 1998; Kim y otros, 1998; Munakata y otros, 1999; Coelho y otros, 1999; Carinci y otros, 1997; del Pino y otros, 1992; del Pino y otros, 1990), tal asociación también ha sido cuestionada por numerosas investigaciones que reportaron que no había correlación entre el patrón de conducta tipo A y el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares (Rozanski, Blumenthal y Kaplan, 1999; Espnes y Opdahl, 1999; Schroeder y otros, 2000; Myrtek, 2001; Friedman y otros, 2001).

La pérdida de consistencia evidenciada en diferentes investigaciones ha puesto en duda la robustez del PCTA como síndrome clínico. Se han sugerido algunas potenciales causales de esta discrepancia. Por ejemplo, el apoyo social parece ser una potencial variable de confusión. Además, se sospecha que no todos los componentes del Tipo A son patógenos, lo que llevó a los investigadores a examinar esos distintos componentes (Rozanski, Blumenthal y Kaplan, 1999) La hostilidad, uno de los principales componentes del patrón de conducta Tipo A y al que Rosenman (1991) ha concedido gran importancia, recibió una considerable atención como un elemento potencialmente “tóxico” de este constructo de la personalidad. La hostilidad es un amplio constructo psicológico, que engloba orientaciones negativas hacia las relaciones interpersonales, e incluye rasgos tales como cólera, cinismo, y desconfianza (Rozanski, Blumenthal y Kaplan, 1999).

Otros trabajos, han profundizado sobre otros componentes del PCTA, como la preocupación por la estima social y laboral (del Pino y otros, 1997; del Pino Pérez y otros, 1992) o la competitividad y la rapidez - impaciencia (del Pino Pérez y otros, 1997; del Pino Pérez y otros, 1992; del Pino Pérez, y otros, 1990), tal como son medidas por la Escala de Bortner y la Escala tipo A de Framingham. En un trabajo reciente sobre la efectividad del tratamiento cognitivo – conductual para el PCTA, surge una reducción significativa del componente rapidez – impaciencia, en un estudio de seguimiento a dos años, en el grupo que recibió tratamiento respecto al grupo de control (del Pino, Gaos, Dorta, García, 2004).

Sumado a lo anterior, investigaciones recientes han propuesto un nuevo tipo de personalidad como relacionada con el riesgo de contraer trastornos isquémicos cardiovasculares (Lesperance y Frasure-Smith, 1996). Un grupo de investigadores de Bélgica han sugerido que la personalidad "Tipo D" puede ser una influencia importante en el desarrollo de las enfermedades cardiovasculares y asociarse con una mayor frecuencia de las mismas (Denollet y Brutsaert, 1998; Denollet y otros, 1996; Denollet, Sys y Brutsaert, 1995).

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